La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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12 dic. 2017

El acto de la lectura


La lectora de novela  (1888),  de Vincent van Gogh

«Nuestro concepto de la forma literaria está relacionado, en diversos aspectos, con lo privado. La práctica de leer un libro para uno mismo, en silencio, es un desarrollo histórico tardío. Implica cierto número de condiciones económicas y sociales: habitación para uno solo (significativa frase de Virginia Woolf) o, por lo menos, un lugar tan espacioso que permita un ámbito de tranquilidad; propiedad privada del libro, con el derecho concominante de proteger un libro raro del uso de los demás hombres; medios de luz artificial durante las horas de la noche. Lo que está implícito es el estilo de vida de la burguesía en un complejo industrial y altamente urbano de valores y privilegios. Este complejo cristalizó más tarde de lo que a menudo se supone. Era todavía costumbre de la clase media victoriana leer en voz alta, el que un miembro de la familia fuera el “lector” del resto, o que el libro corriera “de boca en boca”. Es molestamente necesario hacer hincapié en los inmensos cambios que acarreó el libro impreso, con su código de sentido esencialmente visual, a las antiguas formas de cultura colectiva oral. Marshall McLuhan ha explorado la “revolución de Gutenberg” en la conciencia occidental. Lo que se alcanza a entender menos es que haya mucha literatura  –y mucha literatura moderna– que no fuera concebida para ser leída en el silencio privado; que hay mucha que iba destinada a la recitación, la mímesis de la voz que surge y escritores modernos de sensibilidad oral que buscaban adaptar los medios orales a los silencios de la imprenta.
   El impulso antiguo y natural sobrevive en el proceso de aprender a leer: el niño y el adulto poco ilustrado leen “a media voz”, formando palabras con los labios y, a veces, repitiendo el suceso imaginario de la página impresa mediante movimientos simpáticos del cuerpo. El hombre que lee solo en una habitación y con la boca cerrada un volumen que es suyo, es producto especial de la Ilustración y ocio burgueses de Occidente».


(STEINER, George. Lenguaje y silencio. 2ª ed. Madrid: Gedisa, 2000, p. 372-373.)

2 dic. 2017

Pronto estará aquí el vencedor del invierno



Pronto estará aquí el vencedor del invierno;
Montañas Dolomitas (Italia)
Pronto estas ligaduras de hielo desatarán y fundirán
            Un momento,
Y el aire, el suelo, la ola, bañados estarán de dulzura, de
            Flores y de vida – mil formas surgirán,
De esta tierra muerta y de estos hielos, como de sepulturas
            Escondidas,
Tus ojos, tus oídos – todos tus nobles atributos – todo lo que goza de la belleza natural,
Despertarán y se llenarán. Tú reconocerás los espectáculos
            Sencillos, los milagros delicados de la tierra,
Los amargones, el trébol, la hierba de esmeralda, los perfumes 
y las flores tempranas,
El madroño reptante, el sauce amarillo verdoso, el ciruelo y
            el cerezo en flor;
Con ellos el petirrojo, la alondra y el zarzal cantando sus
            canciones – el azulejo revolando;
Porque tales son los espectáculos que tra el drama anual.



(WHITMAN, Walt. Hojas de hierba. Barcelona: Tesys,1986, p. 674.)


Etiquetas: Invierno, Naturaleza,  Poesía norteamericana, Walt Whitman

30 nov. 2017

Aprendizaje lector


Book of books, de Vladimir Kush

   «Nathanael se encontró a gusto en casa del maestro, pese  a las bofetadas y golpes que llovían sobre los alumnos. Pronto le encargaron que enseñase el alfabeto a los más pequeños de sus condiscípulos, pero lo hacía muy mal, y nunca hallaba el momento oportuno para golpear con la regla de hierro los dedos de los chicos. No obstante, su aire de dulzura y su atención servían para que cundiese el buen ejemplo entre los muchachos de su edad. Por la tarde, cuando ya se habían marchado los colegiales, el maestro le permitía leer: en verano, mientras había luz, en el jardín, y en invierno, al resplandor de la lumbre, en la cocina. La escuela poseía unos cuantos libros gruesos que el maestro juzgaba valiosos y de lectura harto difícil para entregársela a la caterva de colegiales, que pronto los habrían hecho pedazos. Allí había un Cornelius Nepos, un tomo descabalado de Virgilio, otro de Tito Livio, un Atlas donde se veía Inglaterra y los cuatro continentes con el mar alrededor, y delfines en el mar, así como  un planisferio celeste sobre el cual hacíael niño muchas preguntas que el maestro no siempre sabía contestar. Entre los libros menos serios, había varias obras de un tal Shakespeare, que habían obtenido grandes éxitos en sus tiempos, y la novela de Perceval, impresa en caracteres góticos muy difíciles de descifrar. El maestro le había comprado todo aquello a bajo precio a la viuda de un vicario de la vecindad, para quien los únicos libros estimables eran los sermones de su difunto marido. Nathanael aprendió de esta suerte a hablar un inglés muy puro, aunque en su casa lo destrozaban, y también un poco de latín, para el que tenía bastante facilidad. Al maestro le gustaba hacerle trabajar, pues tenía pocas ocasiones de ejercitar su propio talento, desde que ya no daba clase en un buen colegio de Londres. Era implacable con la gramática y acompañaba a Virgilio golpeando acompasadamente con el índice la tabla de su pupitre».


(YOURCENAR, Marguerite. Como el agua que fluye. 1ª ed., 6ª reimp. Madrid: Alfaguara, 1989, p. 84-85.)