La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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30 mar. 2013

El pequeño seísmo

Lirios (1889),  de Vincent van Gogh

Ocurre un pequeño seísmo
cuando dices mi nombre.
Me elevas a la altura de tu boca
lentamente
para no deshojarme.
Tiemblo como si tuviera
quince años y toda la tierra
fuera leve.
¡Oh, inefable primavera!


(ANDRADE, Eugénio de. Los surcos de la sed. Madrid: Calambur, 2001, p. 29.)

21 mar. 2013

El origen de la primera palabra de un verso

Artes, Poesía (1898),  de Alfons Mucha
«Pues los versos no son, como la gente cree, sentimientos (se los tiene demasiado pronto) sino experiencias. Para escribir un solo verso es necesario ver muchas ciudades, hombres y cosas; es preciso conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y conocer qué movimiento hacen las pequeñas flores cuando se abren por la mañana. Es necesario poder pensar otra vez en los caminos de las regiones desconocidas, en encuentros azarosos y en separaciones largamente presentidas; en aquellos días de infancia cuyo secreto permanece oculto, en los padres a los que hacíamos daño cuando nos traían una alegría que no comprendíamos (era una alegría para otros); en las enfermedades de la infancia que comienzan singularmente con tan profundas y graves transformaciones; en los días pasados en habitaciones silenciosas y recogidas, y en las mañanas junto al mar; en el mar sobre todo, en los mares, en las noches de viaje que murmuraban allá en lo alto y volaban con todas las estrellas –y todavía tampoco alcanza saber pensar en todo esto–. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, nunca una parecida a la otra, de gritos de parturientas y de las ligeras y blancas paridas que duermen y se cierran. Pero también es necesario haber estado junto a los moribundos, haber permanecido sentado al lado de los muertos, con la ventana abierta y los ruidos que llegan en oleadas. Y no basta tampoco tener recuerdos. Hace falta saber olvidarlos cuando nos agobian, y hay que tener gran paciencia para aguardar su retorno. Pues los recuerdos mismos no son todavía eso. Sólo cuando se hacen sangre, mirada, gesto en nosotros; cuando ya no tienen nombre y no se distinguen de nosotros mismos, sólo entonces puede suceder que en el centro de ellos, en una hora extraña, se origina, y desde allí se eleve, la primera palabra de un verso».


(RILKE, Rainer Maria. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Buenos Aires: Corregidor, 1977, p. 35-36.)

18 mar. 2013

La indulgencia de Dios

Marguerite (1918),  de Guy Rose
   «En aquella época, tú y yo creíamos en Dios, en ese Dios que tantas gentes nos describen como si lo conocieran. Sin embargo, nunca hablabas de Él porque lo sentías presente. Se habla sobre todo de los que se ama cuando están ausentes. Tú vivías en Dios. Te gustaban, como a mí, los viejos libros de los místicos que parecen haber mirado la vida y la muerte a través de su cristal. Nos prestábamos libros. Los leíamos juntos, pero en voz alta, sabíamos demasiado bien que las palabras siempre rompen algo. Eran dos silencios acordes. Nos esperábamos al llegar al final de la página: tu dedo seguía los renglones de las oraciones empezadas como si se tratase de seguir un camino. Un día en que me sentí más valiente y tú más dulce que de costumbre, te confesé que tenía miedo de condenarme. Sonreíste gravemente para darme confianza. Entonces, bruscamente, aquella idea me pareció pequeña, miserable y muy lejos, comprendí, aquel día, la indulgencia de Dios».


(YOURCENAR, Marguerite. Alexis o el tratado del inútil combate.  Madrid: Alfaguara, 1992, p. 128-129.)

9 mar. 2013

El mirlo


Alcanzando la primavera,  de Li-Shu Chen
  «Marzo anochece gris entre los olmos desnudos, aunque sobre la hierba, donde el asfodelo y el jacinto ya apuntan en sus tallos, están abiertas las corolas del azafrán, encendidas de color lo mismo que una mejilla fresca contra este aire punzante. Cerca, desde tal cima sin hoja o cual alero, echándose penas a la espalda, silba sentido e irónico algún mirlo.
   Tiene su cantar ahora la misma ligereza sin cansancio ni sombra que tuvo a la mañana, y al recogerse tras de la jornada volandera calla en su garganta la misma voz alegre de su despertar. Para él la luz del poniente es idéntica a la del oriente, su sosiego de plumas tibias ovilladas en el nido, idéntico a su vuelo de cruz loca por el aire, donde halla materia de tantas coplas silbadas.
   Desde el aire trae a la tierra alguna semilla divina, un poco de luz mojada de rocío, con las cuales parece nutrir su existencia, no de pájaro sino de flor, y a las cuales debe esas notas claras, líquidas, traspasando su garganta. Igual que la violeta llena con su olor el aire de marzo, el mirlo llena con su voz la tierra de marzo. Y equivalente oposición dialéctica, primaveral e inverniza, a la que expresa el tiempo en esos días, es la pasión y burla que expresa el pájaro en esas notas.
   Como si la muerte no existiera, ¿qué puede importarle al mirlo la muerte?, como si ella con su flecha pesada y dura no pudiera pasarle, silba el pájaro alegre, libre de toda razón humana. Y su alegría contagiosa prende en el espíritu de quien oscuramente le escucha, formando con este espíritu y aquel cantar, tal la luz con el agua, un volumen etéreo».


(CERNUDA, Luis. Ocnos. Sevilla: Ayuntamiento, 2002, p. 130-131.)

3 mar. 2013

En sí misma


Siempre
titubea una luz
que sólo se ve cuando                       
                                   no enciende nada,

como una desnudez
                        que se revelara en sí misma,
                                               no en los ojos de quien la mira.


(MUJICA, Hugo. Y siempre después del viento. Madrid: Visor, 2011, p. 62.)