La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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25 abr. 2013

Escrutinio libresco

Vrindaban (1965),  de Octavio Paz
   «Causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
   –No –dijo la sobrina–; no hay qué perdonar a ninguno porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojadlos por las ventanas al patio y hacer un rimero dellos, y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
   Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
   –Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego.
   –No, señor –dijo el barbero –; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar».


(CERVANTES, Miguel de.  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Parte I. Barcelona: Círculo de Lectores, 1982, p. 91-92.)

14 abr. 2013

A las tres de la tarde de aquel 14 de abril


«El tranvía bajaba desde el Hipódromo bordeando el río de asfalto a la una de la tarde. Apenas algunas personas caminaban con el paso del que va a cumplir un encargo en silencio; no había grupos en los andenes y los cafés de Recoletos y la calle de Alcalá aparecían desiertos; el asfalto como un espejo reflejaba un cielo claro de primavera [...]. Siguió así el ambiente de la ciudad todo ese mediodía. Mas, a la una de la tarde la ciudad salió de su retiro; ya la calle de Alcalá iba llenándose de gentes que se juntaban en pequeños grupos, iban y volvían, revoloteaban, miraban a un lado y a otro, a ver si alguien llegaba, o si hacía su aparición. Y en vez de ir hacia la Puerta del Sol, aquellos grupos, cada vez más numerosos, más cercanos a ser una muchedumbre, bajaban hacia la Plaza de la Cibeles, la Diosa de Madrid, que preside desde su carro; y se la veía más que nunca bañada de aquella luz por momentos más intensa, más brillante, más azul. Otros grupos venían por Recoletos y otros desde el Paseo del Prado, de los muelles de Atocha, y otros descendían por la cuesta de Alcalá. En un instante, una especie de chispa eléctrica sacudió a todos y arrojó a la calle a los que se apiñaban dentro de los cafés. ¿Qué sucedía?, se corrió la voz, ¿de dónde, desde dónde venía la noticia? Y en lugar de ir hacia arriba, al Centro, a la Puerta del Sol, se apresuraban hacia la Cibeles. Eran las tres de la tarde. Y se vio a un hombre, a un hombre solo que en la torre del Palacio de Comunicaciones izó la bandera de la República, de aquella República. Y mágicamente comenzaron a desplegarse en la calle; mágica, instantáneamente aparecieron grupos por todas las bocacalles con banderas de todos los tamaños; seguían llegando, rodearon bien pronto a la Cibeles como en una danza ritual, cantando; surgió incontenible el grito una y mil veces repetido: “¡Viva la República!”, una extraña Banda de Música de menos de una docena de instrumentos, salidos de algún profundo de la ciudad como por ensalmo, dejó oír el Himno de Riego, como si lo estuviesen inventando; no había habido ensayos, vinieron cada cual con su modesto instrumento, y el himno salió concertado por una inspiración unánime, pues todos lo cantaban, ¿quién se lo sabía, dónde lo habían aprendido? Como las banderas, surgía mágicamente, porque sí».

(ZAMBRANO, María. Delirio y destino: los veinte años de una española. Madrid: Horas y horas, 2011, p. 250-251.)


8 abr. 2013

Las aguas de abril


¡Abril las aguas mil las aguas llueve!
Fiel de un reflejo intemporal, el agua
Cruzó en la luz de un cielo sin espacio;
Entró en Abril de Abriles mil desnuda,
y al cielo limpio, Abril los cielos mil,
sus lunas va clavando en altas noches
que, en nubes mil, el cielo le devuelve
deshecho en flor –en nubes mil– de lluvia.

Lluvia es Abril cantando abierto al pecho:
“¡Abril! ¡Mil campos mil!” ...Y el tiempo, en flechas
de Abril, con tallos nuevos cae al mar...
Abril los mares mil lo alza y se sale...
Y Abril a un río, Abril los ríos mil,
su cuerpo sube y, alto y, alto y, alto
Abril los cuerpos mil, descorre de agua
al sol, por él en flechas mal herido.
(...)


(PRADOS, Emilio. Circuncisión del sueño. Valencia: Pre-textos, 1981, p. 47.) 

3 abr. 2013

Amigo y enemigo


  «Recuerdo los primeros libros, pocos, que compré cuando era estudiante. Los coloqué en una pequeña repisa y todos los días me acercaba a mirarlos con ilusión. Me sentía orgulloso de poseer mis propios libros. Paulatinamente la repisa se fue llenando de volúmenes y tuve que comprar un pequeño mueble librería. Pronto fueron dos, después tres, finalmente diez. A pesar de ello, ideé un sistema que me permitía encontrar cualquier libro con los ojos cerrados. Más tarde me vi obligado a deshacerme de los muebles librería y a instalar un montón de estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes de mi estudio. Tuve que cambiar el sistema, y desde entonces pierdo a menudo horas enteras buscando un libro que sé con certeza que poseo. O está mal colocado, o (y esto es lo más frecuente) alguien me lo ha robado.
   Durante mucho tiempo fue para mi motivo de orgullo poseer una biblioteca bien sistematizada, y, salvo contadas excepciones, no tener que recurrir a una biblioteca pública, ni quisiera cuando me aventuraba en campo tan ajeno a mí como la astrología o cuando tenía que resolver un crucigrama. Últimamente la situación ha cambiado y me horroriza pensar que voy a recibir todavía más libros. Sé que no encontraré espacio para ellos. En los rincones de mi estudio y sobre mi mesa de trabajo se amontonan en un caos total. He llevado a cabo varias operaciones de limpieza, regalando o vendiendo los libros que sabía no iba a volver a abrir. Pero entonces se produce un curioso fenómeno: a los pocos días necesito precisamente estos libros de lo que me he deshecho. A estas alturas soy consciente de que no hay escapatoria. No tengo otro remedio que contemplar pasivamente como mis queridos libros me van expulsando de mi casa.
   De los libros se puede afirmar lo mismo que de todos aquellos objetos cuya cantidad sobrepasa la medida de lo soportable: ya sean los coches en la calle, los vestidos en el ropero o las estrellas en el cielo. Estos amigos, que hemos acariciado alegremente con la mirada, se transforman en enemigos que intentan enterrarnos bajo su peso».


(KLÍMA, Iván y BUCHHOLZ, Quint. El libro de los libros: historias de imágenes. Madrid: Lumen, 1998, p. 101-103.)