La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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31 mar. 2015

Un viento de primavera

Viento de flores  (1902),  de John William Waterhouse
Con este viento viene el destino; deja, oh, déjalo
venir, todo lo inaplazable y ciego,
todo eso por lo que estaremos incandescentes.
(Sé tranquilo y no te muevas, para que nos halle.)
Nuestro destino, ay, viene en este viento.

Vacilando por la carga de cosas sin nombre,
trae ese nuevo viento de algún sitio
sobre el mar lo que somos.

... Qué más quisiéramos. Nos hallaríamos como en casa.
(Se elevaron y descendieron los cielos en nosotros.)
Mas con este viento el destino enorme
nos sobrepasa siempre.


(RILKE, Rainer Maria. Antología poética. 2ª ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1976, p. 179). 

21 mar. 2015

¿Por qué los poetas?


Dreamers (1882),  de Albert Joseph Moore

   «¿Por qué los poetas? Porque los poetas crean en el momento las palabras que nombran las situaciones y las cosas. No disponen antes de ellas, no las tienen, como los que ejercen su derecho-de-palabra, ya preparadas y empaquetadas. Los poetas caminan al lado de las situaciones y las cosas, y en su porte está el estilo del viandante, no el del topógrafo que delimita espacios y mide recorridos. Para el topógrafo el camino es un trazado con sus señales y su dirección; para el poeta es un estar simplemente en camino, con los viandantes que el camino haya puesto en marcha. La dirección surge de cada encuentro, porque cada encuentro despliega en cada hombre al hombre. No al descrito por los ejercedores del derecho-de-palabra que, para defenderse del hombre, construyen modelos para ver luego con cuál se corresponde quien encuentran. El poeta ha renunciado ya desde hace tiempo a su seguridad e invulnerabilidad, y por eso puede encontrar.
   Además, sin derecho-de-palabra, el poeta habla justo lo que es menester para crear las condiciones de escucha. Por ello, cuando el poeta habla no siempre se entiende lo que dice, y cuando el poeta escribe no se logra siempre seguir hasta el fondo de sus páginas, que están tan llenas de vacío. En este vacío está el acontecer poético, la condición esencial para que una escucha sea posible. La poesía, que no está hecha para ser leída, sino para ser escuchada, querría promover en quien “lee” la escucha de sí, a un nivel más profundo de aquel en el que normalmente nos escuchamos. Dentro de nosotros no se agitan  sólo pensamientos, problemas o emociones. Ésas son sólo las formas en las que ese enigma, que cada uno de nosotros es, intenta decirse.
   Los poetas nos alcanzan en nuestro enigma no con el rito secreto de la confesión, ni siquiera con el silencio artificial del rito psicoanalítico, sino con el don de nuestras palabras que, en su confuso articularse, esconden y desvelan juntamente la palabra-clave.
   Los poetas son los guardas custodios del umbral, y por eso Heidegger les llama “los más arriesgados”. Tanto si escriben poesías como si hablan con la gente, los poetas dicen en una total ausencia de protección, se atreven con lo callado, no se quedan evidentemente en las locuciones y modismos. La gente, la que no tiene derecho-de-palabra, se encuentra con ellos como en su casa, que no es nunca una casa protegida. La que construyen los poetas es en efecto una casa abierta a todos los mensajes del mundo. Donde el mundo, cada uno de nosotros lo sabe, va mucho más alla de los confines y de su total indiferencia a las vicisitudes humanas».


(GALIMBERTI, Umberto. ¿Por qué los poetas? EN: Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, ISSN 0214-2686, nº 37, 1999 , pág. 77).

13 mar. 2015

Preludio de que la nueva estación está ya cerca

Primavera en Křinice (Chequia)
«Uno de los atractivos de la vida en los bosques es que ofrece lugar y ocasión de ver la llegada de la primavera. El hielo aparece un buen día acribillado de agujeros como un panal de miel y mis tacones se hunden en él con facilidad. Las colinas, las nieblas y los rayos de sol, progresivamente más cálidos, van fundiendo la nieve paulatinamente; los días se alargan sensiblemente y me doy cuenta de que podré terminar el invierno sin necesidad de reponer los troncos de mi leñera, pues ya no habrá necesidad de grandes fuegos. Busco los primeros signos de la llegada de la primavera para tener la suerte de oír el canto de algún pájaro que llega o el chillido de la ardilla estriada, cuyas provisiones deben estar casi terminadas, o para ver cómo deja la marmota sus cuarteles de invierno, aventurando una salida».



(THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 370-371.)

8 mar. 2015

Olympia



   «Son femeninos los símbolos de la revolución francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

   Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, marchó presa, el Tribunal Revolucionario la sentenció y la guillotina le cortó la cabeza.

   Al pie del cadalso, Olympia preguntó:

   –Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

   No podían. No podían hablar, no podían votar. La Convención, el Parlamento revolucionario, había clausurado todas las asociaciones políticas femeninas y había prohibido que las mujeres discutieran con los hombres en pie de igualdad.

   Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.
   Y la guillotina volvió a caer».




(GALEANO, Eduardo.  Espejos : una historia casi universal. México: Siglo XXI, 2008, p.172.)