La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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27 feb. 2016

Árboles de poesía



¿Llegaré yo a escribir

alguna vez

el poema que me abra

ese paisaje

donde pueda perderme

entre los árboles

y aspirar los perdidos

aromas de la infancia?

¿Cuándo podré crear

un mundo tan real

como irreal es este

en el que vivo?

Todo lo que he logrado

es escribir poemas

que son sólo poemas.

No dan sombra sus árboles,

ni frutos.

En ellos no hay aromas,

ni el silencio que anuncia

que el poema se ha escrito.





(CORREDOR-MATHEOS, José. ¿Sabe volar el mar? Madrid: El Jinete Azul,2010, p. 58.)

25 feb. 2016

El arte de la escucha



«El arte del relator pide una escucha, pues por debajo incluso del más sofisticado de los estilos narrativos clásicos se escucha la cadencia de la palabra hablada. Un relato es algo que se dice, que se habla; que se vive en el oído. Pero nosotros hemos perdido el arte de escuchar, hemos dejado de deleitarnos con las digresiones y las pausas de la voz espontánea.  Vueltos holgazanes por la profusión de los brillantes e instantáneos artilugios gráficos  –la fotografía, el
Homenaje a Miró,  de Li-Shu Chen
cartel, el cine, el tebeo–, hemos pasado de auditores a espectadores. Hoy, los únicos que escuchan son los niños, y de ahí que pertenezcan a sus dominios tantos clásicos de la narración, desde Esopo a Dickens.
   Enfrentado a esta turbulencia y baratura emocional, el arte de la emoción se ha replegado en torno a sí mismo. Sigue exigiendo nuestra atención, pero mediante la dificultad técnica. De este modo se ha procedido a un enorme enriquecimiento del lenguaje y del recurso formal, pero pagando un precio. Sigo pensando que un novelista “natural” es un hombre capaz de contar una historia espontánea y mantener la atención de los pasajeros de un vagón de tercera en un caluroso día de verano. Por cierto, ésa es una prueba a la que no quisiera someter a muchos de nuestros maestros actuales.
   Sin embargo, Mérimée saldría triunfante. Nada más ponerse a contar una historia con su voz elegante y de algún modo afectada, es imposible desviar la atención».


(STEINER, George. Lenguaje y silencio. 2ª ed. Madrid: Gedisa, 2000, p. 238-239.)

23 feb. 2016

La vida es sueño



  
«Nuestra vida nocturna es un océano porque flotamos en ella. Durante el sueño no vivimos nunca inmóviles sobre la tierra. Caemos de un sueño a otro más profundo, o bien hay en nosotros un poco de alma que quiere despertarse: entonces nos levanta. Subimos o bajamos sin cesar. Dormir es descender y ascender como un ludión sensible en las aguas de la noche. En nosotros la noche y el día tienen un devenir vertical. Son atmósferas de densidades desiguales, donde sube y baja el soñador siguiendo el peso de sus pecados o la ingravidez de su beatitud».


(BACHELARD, Gaston. El agua y los sueños. 1ª ed., 7ª reimp. México: Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 75.)

18 feb. 2016

La anarquía de la lectura


Mujer leyendo (1935),  de Pablo Picasso

            «Desde la liberalización de las prácticas de la lectura entre los siglos XVII y XIX, cada uno es libre de decidir no sólo qué leer y cómo hacerlo, sino también de elegir el lugar de la lectura. Ahora se puede leer donde uno quiera: preferentemente en casa, hundido en un sillón, tumbado en la cama o en el suelo, pero también al aire libre, en la playa o durante un viaje, en el tren o en el metro (...) la mirada sumergida silenciosamente en un libro generaba un aura de intimidad que separaba al lector de su entorno inmediato permitiéndole, sin embargo, permanecer inmerso en él (...): en medio del ajetreo de la ciudad y en presencia de otra gente, el lector podía estar consigo mismo sin ser perturbado. En nuestros días, especialmente durante las comidas, las personas que están solas se arman de una lectura cautivadora para protegerse de aquellos que puedan sentirse atraídos por su soledad; hay también unos pocos lectores que, como en otros tiempos, muestran preferencia por las salas de lectura de las bibliotecas, donde se lee todavía en la misma postura de los eruditos de antaño, sentado con la espalda erguida, el libro abierto delante, los brazos sobre la mesa, totalmente concentrado en el contenido de la obra, esforzándose por hacer el menor ruido posible y por no molestar a nadie. La biblioteca es un buen lugar para estar solo pero estando entre los demás, en medio de una comunidad de gente con las mismas afinidades, en la cual cada uno se ocupa de algo que no le concierne más que a él».


(BOLLMANN, Stefan. Las mujeres, que leen, son peligrosas. 5ª ed. Madrid: Maeva, 2007, p. 32-33)