La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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30 abr. 2016

Palabras enlazadas



A mitad del poema me sobrecoge siempre un gran

            desamparo, todo me abandona,

no hay nadie a mi lado, ni siquiera esos ojos que

            desde atrás contemplan lo que escribo

no hay atrás ni adelante, la pluma se rebela, no

            hay comienzo ni fin, tampoco hay un muro que

            saltar,

es una explanada desierta el poema, lo dicho no

            está dicho, lo no dicho es indecible,

torres, terrazas devastadas, babilonias, un mar de

            sal negra, un reino ciego,

                                               No,

detenerme, callar, cerrar los ojos hasta que brote

            de mis párpados una espiga, un surtidor de

            soles,

y el alfabeto ondule largamente bajo el viento del

            sueño y la marea crezca en una ola y la ola

            rompa el dique,

esperar hasta que el papel se cubra de astros y sea

            el poema un bosque de palabras enlazadas,

                                               No,

no tengo nada que decir, nadie tiene nada que

            decir, nada ni nadie excepto la sangre,

nada sino este ir y venir de la sangre, este escribir

            sobre lo escrito y repetir la misma palabra

            en mitad del poema,

sílabas de tiempo, letras rotas, gotas de tinta, sangre

            que va y viene y no dice nada y me lleva

            consigo.                   



(PAZ, Octavio. La estación violenta. 1ª ed., 12ª reimp. México: Fondo de Cultura Económica, 2013, p. 44-45.)

25 abr. 2016

Soltar y retener la palabra



   «Hay en el escribir un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente la acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad».





(ZAMBRANO, María. Hacia un saber sobre el alma. 2ª ed. Madrid: Alianza Editorial, 1987, p. 32.)

19 abr. 2016

La canción de abril


Canciones de primavera (1889), de William-Adolphe Bouguereau

¡Pulsa la luz su espacio sobre el cielo!
Un eco intemporal a un Abril canta:

“Abril las lluvias: sobre la tierra
–Febrero en Marzo, en ti y en Mayo Junio,
Julio en Agosto– el campo al sol levanta
como a un toro del trigo, con su fruta
–espigas mil– madura por tu celo.
Al vuelo entre cuchillas lo separa
de ti sin alejarlo –una gavilla
y otra y otra, los tallos mil de un trigo
en otro en haz–, campo entero el deseo
y, Abriles mil, en parva lo abandonas:
a él no llegas y a él naces y a él caído
sin él estás, por él vas a su encuentro...
Abril los tallos mil, Abril de tierra
derramado en sus trigos mil se mira
en ti continuo y, súpito de ausencias
mil, a sus lenguas mil dejas sin mundo:
¿fuera de Abril tu sucesión te olvida?...”
(...)


(PRADOS, Emilio. Circuncisión del sueño. Valencia: Pre-textos, 1981, p. 48-49.)

12 abr. 2016

Julián Carax



   «Fue por entonces cuando empecé a oír por las calles las historias acerca de un individuo que rompía los escaparates de las librerías por la noche y quemaba libros. En otras ocasiones, el extraño vándalo se colaba en una biblioteca o en la cámara de un coleccionista. Siempre se llevaba dos o tres tomos, que quemaba. En febrero de 1938 acudí a una librería de viejo para preguntar si era posible encontrar algún libro de Julián Carax en el mercado. El encargado me dijo que era imposible: alguien los había estado haciendo desaparecer. Él mismo había tenido un par y los había vendido a un individuo muy extraño, que ocultaba su rostro y al que apenas se le podía descifrar la voz.
            –Hasta hace poco quedaban algunas copias en colecciones privadas, aquí y en Francia, pero muchos coleccionistas empiezan a desprenderse de ellas. Tienen miedo –decía–, y no les culpo.
            A veces Julián desaparecía durante días enteros. Pronto sus ausencias fueron de semanas. Se iba y volvía siempre de noche. Siempre traía dinero. Nunca daba explicaciones, o si lo hacía, se limitaba a dar detalles sin sentido. Me dijo que había estado en Francia, París, Lyon, Niza. Ocasionalmente llegaban desde Francia a nombre de Laín Coubert. Siempre eran libreros de viejo, coleccionistas. Alguien había localizado una copia perdida de las obras de Julián Carax. Entonces desaparecía varios días y regresaba como un lobo, apestando a quemado y a rencor».


(RUIZ ZAFÓN, Carlos. La sombra del viento. 39ª ed. Barcelona: Planeta, 2004, p. 503-504.)