La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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29 may. 2017

Petición del jardinero



«¿Quién eres tú, lector que has de leer mis poemas de aquí a cien años?
   No puedo enviarte una sola flor de este tesoro de la primavera, ni un solo rayo de esas nubes.
   Abre tus puertas y mira fuera.
   De tu jardín en flor coge los fragantes recuerdos de las flores marchitas hace cien años.
   Ojalá puedas sentir en la alegría de tu corazón la vivida alegría que cantó una mañana de primavera lanzando su voz satisfecha a través de cien años».

(TAGORE, Rabindranaz. El jardinero. Madrid: Edaf, 2001, p. 170.)

25 may. 2017

Escribir I





Acompañamiento sincopado (Staccato) (c.a. 1928-1930), 
 de František Kupka
«El día en el que empezó todo, no tenía muchas ganas de escribir, de manera que para hacer tiempo fingí no saber si una palabra se escribía con be o con uve. Aquella duda retórica se convirtió misteriosamente en una enfermedad real, y en cosa de una semana al problema de las bes se sumó el de las haches, así que tardaba mucho en escribir una página porque tenía que consultar continuamente el diccionario. Creo que desarrollé una curiosa habilidad para evitar palabras que contuvieran esas letras, pero mis escritos de esa época jadean un poco al andar, como si estuvieran enfermos.

            Al poco, comencé a padecer también de problemas sintácticos. Las frases se me quebraban a la altura de los verbos, como varillas de cristal demasiado finas. Me asusté un poco, porque vivo de fabricar esas varillas, así que intenté construir frases gruesas y cortas, del tipo yo soy yo, o estoy perdido, pero también éstas se rompían. Una tarde escribí: «esto es una frase», y al poco dejó de ser una frase y se convirtió en un dolor de cabeza. Enseguida olvidé qué cuerda había que rasgar para que se escuchara un adjetivo, y aunque descubrí que la de los sustantivos sonaba del mismo modo si la golpeabas de una manera especial, el esfuerzo me fatigaba demasiado.

            Luego, en fin, se marcharon los verbos, primero los copulativos y a continuación los transitivos. Los intransitivos se resistían a caer, pero la verdad es que masticaba mal con ellos, así que me los arranqué yo mismo, con un cordel. Si puedo contarlo, es porque ahora abro cada día un libro de otro y recorto palabras que luego pego en un papel, como si fueran amenazas; en cierto modo lo son, aunque sólo para mí, porque a veces se me acaba el pegamento o la paciencia y no logro decir lo que quiero, pero creo que duermo más que antes. Y  respiro mejor».



de Juan José Millás





(incluido en Bibliorelatos: antología de textos del mundo del libro. Barcelona: Casa del Libro, 2008, p. 123-124).

16 may. 2017

El placer


El jardín,  de Li-Shu Chen

         «En las noches de primavera, alta ya la madrugada, venía a través del campo, desde Eritaña, el son de un organillo. La tonada efímera, en el silencio y la calma de la noche, adquiría voz, y hablaba de quienes a esa hora, en vez de dormir, vivían, velando para el placer de un momento. Yo les veía, ellos y ellas, un poco bebidos, serios, la mirada fija y vaga a un tiempo, enlazados como si siguieran el ritmo del espasmo más que el del baile, las manos acariciando enajenadas el hermoso cuerpo humano, triunfante un día para hundirse luego en la muerte. Y el grito ronco y agudo de algún pavo real, insomne por las alamedas del parque, rompía la cadencia de la musiquilla como una burla de mi anhelo loco y triste.

         Niño aún, mi deseo no tenía forma, y el afán que lo despertaba en nada podía concretarse; y yo pensaba envidioso en aquellos hombres anónimos que a esa hora se divertían, groseramente quizá, mas que eran superiores a mí por el conocimiento del placer, del que yo sólo tenía el deseo. Y me preguntaba si eran dignos de ese conocimiento, si yo sería digno de tenerlo un día, lo mismo que tal o cual criatura perfecta de gracia animal, apenas por mí entrevista en la revuelta de una calle, cuyo recuerdo súbito se alumbraba entonces en mi memoria.

         A través de las ramas de acacia en flor, por el aire tibio de la noche de mayo, desde el jardín de la venta, la musiquilla venía insistente. No era la voz de la melodía inmortal, que nos persuade de que en nosotros, como en ella, algo no ha de pasar; ésta, frágil y deleznable, hablaba a nuestra duda, incitándonos a gozar, con acento que la noche y la ocasión tornaban dramático, como la voz que a través de un ridículo antifaz nos advierte, seria, honda, apasionada».


(CERNUDA, Luis. Ocnos. Sevilla: Ayuntamiento, 2002, p. 59-61.)