La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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17 jun. 2017

¿Qué tienes entre manos? (relato de terror ferial)





Puente cerca de Kolpino (Rusia)

   «Aquel tipo tenía dentro de sí un escritor bueno y un escritor malo que trabajaban a horas distintas. Aun así en los textos del malo se percibía finalmente un aliento de bondad, mientras que en los del buenos sonaba, cuando menos hacía falta, un estertor agónico procedente de la respiración del malo. Estaban tan cerca, en fin, que no podían dejar de influirse. Los lectores, según se colocaran en uno u otro lado de la identidad de aquel tipo, pensaban que se trataba de un mal escritor con aciertos geniales, o de un genio que se estaba echando a perder. Nadie, excepto el propio sujeto, advirtió nunca que aquel conflicto era el resultado del choque entre dos individuos diferentes que vivían en el mismo cuerpo y escribían con el mismo bolígrafo.

   A ambos era preciso alimentar, así que el propietrio del cuerpo leía bazofia para saciar el hambre del escritor malo y proteína pura, sin grasa, para mantener la línea del bueno. De este modo, el malo estaba cada día más gordo, mientras que el bueno se transformaba en pura fibra. Eso empeoró las cosas, pues si bien el aliento de bondad empezó a resultar más patente en los escritos del malo, los del bueno llegaban al público manchados de grasa, de manera que perdió a sus lectores o los sustituyó por meros consumidores. El malo, sin embargo, conquistaba día a día lectores de verdad, interesados en el proceso místico por el que la grasa aspiraba a convertirse en músculo.

   El tipo habitado por estos dos artistas incompatibles veía con tristeza declinar el lado más noble de sí mismo y se sentía fracasado. Entonces dejó de leer estupideces para matar al malo de hambre y escribir una obra maestra. Pero el bueno, al perder ese estertor agónico, cayó en profundo abatimiento y se dio a la lectura de páginas con hidratos de carbono que destruyeron su gusto. Al poco, dejó de escribir».



de Manuel Vázquez Montalbán



(incluido en Bibliorelatos: antología de textos del mundo del libro. Barcelona: Casa del Libro, 2008, páginas 225 y 228).

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